No le gustaba dormir en su nueva cama; había arañas escondidas
por todo el cuarto y hacia muchísimo frío. Todos la felicitaban porque ya era mayor
y tenia una habitación solo para ella, pero no se sentía feliz, al contrario,
la llenaba de angustia y deseaba quedarse dormida de repente para no pensar en
nada, ni sentir el frío que la mantenía tiritando un buen rato después de que
su madre la metiera en la cama y le quitara los calcetines, la niña le pedía
que se los dejara puestos para que sus pies estuvieran calientes. Discutían siempre,
pero al final su madre siempre tenia la razón, sobre todo cuando le contaba que
la viejecita que vivía en la parte baja del pueblo se había quedado sin un ojo
por dormir con calcetines.
En su cama acurrucada y escondida debajo de las mantas
pensaba que ni así estaría a salvo, porque aunque las arañas no la pudieran picar,
los lobos si podrían entrar por la ventana sin dificultad; estaba cerrada, pero no
tenia cristal porque su hermano lo había roto de una pedrada y su padre que lo
arreglaba todo en un momento le puso unos cartones gruesos para que los lobos
no pudieran entrar de noche a comérsela… ¡pero tenia muchas dudas! ella sabia
que los dientes de los lobos eran enormes y que destrozarían los cartones con
facilidad.
Cada día al despertar se sorprendía de haber pasado una noche
más sin que nadie ni nada la atacara. Para la niña de cuatro años todas las
mañanas eran como renacimientos; todas menos la última cuando estaba a punto de
cumplir los cinco.






