Deseaba que todos los días fueran sábado por la mañana. Ese era el día que su padre la pasaba a buscar al termino de la jornada semanal y se la llevaba a casa. Esperaba con ansiedad en la acera acompañada de una odiosa monja que solo le sonreía un día y un momento, justo cuando veía aparecer a su padre por la curva de la carretera. Ella corría a abrazarle, él la subía en sus brazos y le daba un beso, era pequeño y no se repetía en ningún otro momento, pero era su beso del sábado a la mañana ¡todo era genial! No tener que estudiar, perder de vista a las monjas, el abrazo de su padre y el beso…, todo era maravilloso un día a la semana. No pedía más porque no sabía que había más.
Le gustaba estar en su casa, era libre de hacer lo que le mas le gustaba, jugar en la tierra con sus juguetes, aunque tenia que dormir en su habitación sola. No le gustaba dormir sola, tenía demasiados miedos y unas aterradoras pesadillas que hacían que las noches fueran eternas acurrucada debajo de las mantas.
Un día sus padres le dijeron que se marcharían a otra ciudad y que ya no volvería al internado, eso era fantástico, era la mejor noticia de su corta vida.
Después de unas semanas de permanecer en casa de sus padres una noche lloró hasta quedarse dormida y soñó que regresaban a la anterior ciudad para volver al internado… despertó con la esperanza y la ilusión, hasta que comprobó que solo había sido un sueño.
¡Tenía que volver! en esa casa no había tierra para jugar y además había perdido en aquella curva el beso de los sábados.
