Después de un ameno paseo a pie se acaba el camino y son los
peñascos los encargados de unir tierra y mar…
En medio de un inmenso silencio que solo es interrumpido por
el sonido de las minúsculas olas rompiendo en las rocas, y el siseo de la brisa
que oportunamente hace acto de presencia para atenuar el calor del sol de Agosto,
van apareciendo gentes amistosas… el paisaje produce tal serenidad, que por
unos instantes hace que todos los problemas desaparezcan; los que allí nos
encontramos charlamos con empatía y sin ningún tipo de nube negra aprisionando
nuestras mentes.
Una memorable hora, donde las personas nos transformamos en seres
humanos…




