Al salir a la calle Marta comprobó que ya no
llovía, pensó irónicamente que ya se habrían secado las nubes cuando la
tormenta la sorprendió camino de su cita con Ricardo, en una cafetería al lado
de su portal, estaba tan mojada que tuvieron que subir a su casa para secarse y
él le prestó ropa suya para cambiarse; le quedaba enorme pero les resultaba graciosa la imagen
que el espejo les devolvía de ese nuevo look.
Era tarde
cuando Ricardo la acompañó a la puerta para despedirse.
--¿No te sientes varonil dentro de mis
pantalones? Ricardo sonreía con ese gesto tan peculiar que ponía cuando sus
palabras ansiaban ir más allá.
Entre ellos solo existía una larga amistad,
el tiempo suficiente como para conocer todas sus frases, pero él siempre conseguía
sorprenderla.
--Si, y me gusta. Le devolvió la sonrisa mientras
pulsaba el botón del ascensor.
--Mmmm… piensa que ahí dentro estuve yo.
Y Marta empezó a pensar, dejó volar su
imaginación justo al interior de esos pantalones que ahora mismo llevaba
puestos. Le hizo un guiño aprobatorio y un gesto con la mano que se
interpretaba como “¡genial!”. Ricardo cerró la puerta con la certeza de que
esta vez sí que había conseguido avivar el interés de su querida y deseada amiga.
Marta lavó y plancho la ropa prestada y a la
semana siguiente llamó a la puerta de Ricardo.
--Muchas gracias Marta pero no eran necesarias tantas molestias, me
hubiera encantado que mi ropa oliera a ti.
--Puedo hacer desaparecer todo rastro de mí
en tus prendas, pero nunca podré borrar de tu mente que ahí dentro también
estuve yo…
¡Cierto!




